Tan solo una palabra
GRACIAS

El látigo del eunuco volvió a chasquear cortando primero el aire y luego la blanca carne de su espalda. Su garganta no pudo contenerse más y un agudo y espeluznante grito inundó la estancia, apagado tan solo el eco por los pesados tapices que con bucólicas escenas de caza adornaban las pareces de la torre donde el perverso visir tenía por costumbre interrogar a víctimas.
El malvado Visir odiaba a todo el mundo y junto a su legión de acólitos hostigaba al reducido grupo de idealistas que trataba con desiguales resultados, de poner algo de orden y cordura en el devastado reino, desde que el otrora lúcido emir Yoel, apodado pos sus bienamados súbditos “El Justo” perdiese la cabeza persiguiendo a bellas odaliscas por las estancias de palacio ataviado únicamente con su turbante tachonado de grueso rubí y barritando fieramente, haciendo el elefantito.
La princesa Gero, única heredera del emirato tras la locura de su querido tío, había tenido que liderar en la clandestinidad la oposición al malvado visir durante años, pero la traición de un desalmado y corrupto ninja llegado de lejanas tierras había precipitado su caída en las garras de las huestes del usurpador.
El látigo vil volvió a hendir las suaves carnes de la princesa por última vez antes de que perdiera el sentido. De sus labios solo escapó un suspiro, los gritos desesperados fueron sustituidos por el silencio. Nunca traicionaría a sus amigos. El visir estaba loco si pensaba otra cosa.
El dolor hizo que despertara. La noche oscura filtraba los tenues rayos de una luna menguante y esquiva que apenas hacía otra cosa que revelar los contornos oscilantes de los objetos y de las personas. No estaba sola, tumbada boca abajo, desnuda sobre el jergón, alguien a su espalda acariciaba con mágico ungüento las rectas y violáceas marcas de la tralla del verdugo. No dijo nada, pero unas perladas lágrimas desbordaron sus ojos en silencioso llanto, se sentía sola, abandonada por sus amigos, perdida la esperanza entregada al desconsuelo.
Los hábiles y rudos dedos del desconocido terminaron su trabajo delicado y sin salir de la sombra, sin mostrarse lo más mínimo, una grave y aterciopelada voz musitó en leve susurro a su oído: “no desesperes”. Maldito visir, que la torturaba en esta su última noche entre los vivos, haciéndola albergar falsas esperanzas. Bien sabía ella que su sentencia estaba dictada y que con los primeros rayos del sol, el afilado sable del verdugo cercenaría su cabeza poniendo fin a la esperanza de su pueblo, a la par que a su incipiente vida. ¡No se dejaría doblegar! No lo podía permitir. Sus ojos se cerraron apenas un segundo, los abrió sobresaltada, por la ventana enrejada de su celda en lo más alto de la torre, una cálida luz se coló iluminando levemente la estancia.
- Despierta princesa, despierta! –urgió la lucecita nerviosa y apresurada– tu misión aún no ha terminado.
Cansada y condolida Gero abrió los ojos y escuchó atenta las recomendaciones y consejos de su amiga luminosa repasando por última vez su astuto plan.
Los primero rayos del sol de la mañana inundaban el patio de palacio donde debía ejecutarse la sentencia. El encapuchado y negro verdugo sostenía cruzado sobre sus brazos un inmenso alfanje de plata batida en la fragua del herrero hasta dotarla de una dureza digna de su postrer propósito. El pueblo silencioso y expectante asistía temeroso al final de sus días felices, consciente de que tras la muerte de la princesa, los negros nubarrones que se cernían desde la locura del buen emir, darían paso a la más oscura era jamás vista con el visir como amo y señor absoluto de sus destinos.
El malvado visir acariciaba ya los placeres del poder absoluto, solo la vida de la princesa lo separaba de la total sumisión de su pueblo. Abrigado por arcanas magias, estaba a salvo de todo ataque humano y su pacto diabólico no tenía fracturas, tan solo esa pequeña brecha que ahora estaba a punto de cerrar. En su contrato con el Djinn, se estipulaba que ni espada ni flecha ni puñal acerado podría herirle, pero el genio en retorcido guiño quiso poner una salvaguarda al hechizo y advirtió al visir que solo penetraría su mágica coraza, la argéntea luz empuñada por sangre principesca.
Ahora, finalmente, él se disponía a verter sobre la tierra la última sangre que de la antigua dinastía conservaba un ápice de cordura y para regocijarse más en su logro quiso observarlo en primera fila, ajeno a los relatos de los cronistas, quería que la sangre de su víctima le salpicase, ungiéndole de ese modo como legítimo gobernante y quitándole el halo de usurpador.
Los perros del visir arrastraron a la princesa al patíbulo donde la esperaban el verdugo y el visir, atravesaron el cordón de sicarios que lanza en ristre contenían a la multitud que llorosa presagiaba el fin de su última esperanza. De rodillas, derrotada en apariencia, con las manos atadas y la cabeza agachada, con la melena tapando su bello rostro, la camisa descabalada, ofreciendo a la vista de todos la visión de su blanco hombro y el inicio de su generoso pecho, el malvado visir se agachó, y clavando las uñas en su mentón hizo que levantara la vista para darse el placer de escupirle en el rostro. Acto seguido ordenó al verdugo:
– Ajusticiadla!!!
Todo sucedía a cámara lenta, el verdugo agarró las manos de la sentenciada la hizo levantarse y cuando parecía que iba a atar sus manos al pedestal donde había de ser decapitada, inclinó la cabeza, hincó rodilla en tierra, dio vuelta al alfanje ofreciéndole la empuñadura a la princesa y dijo “mi señora” mientras una lágrima imperceptible que nadie vio escapaba por su mejilla. Un giro de trescientos sesenta grados, una mueca de sorpresa y terror en la cara del visir una plateada estela que rompe hechizos y cercena cabezas.
Silencio.
El ninja-verdugo abandona cabizbajo el reino de la princesa Gero, sabedor de que su traición era necesaria para “el bien del reino” la princesa nunca le echó en cara ni la traición ni los golpes, sabía que así debía ser y así lo tenía asumido, planeado, pero del mismo modo que sabía que las heridas de la espalda cicatrizarían, sabía que el sufrimiento del verdugo no cesaría jamás; ella no tuvo siquiera que perdónalo, él nunca se lo perdonaría…
De este modo, libre de la tiranía del visir y bajo los auspicios y el liderazgo de la princesa, el reino vivió sus días más felices. Cuentan los cronistas, que pasados unos años, la princesa contrajo nupcias con Ali-Ben y Mus y que de esa unión nacieron sus 23 hijos, todos fuertes, todos sanos, todos varones, pero esa es otra historia que será contada en otro momento.
Los cronistas también cuentan, que el alocado emir, siguió persiguiendo vírgenes durante los setenta años que tardó Alá en llevarlo consigo y que de tales persecuciones, bueno, más bien de las exitosas, varios centenares de vástagos pululaban por palacio siendo la alegría de todos sus moradores.
Lo que los cronistas no cuentan, pues esto ya pertenece a un ambiente más íntimo, es que en las noches de luna menguante, cuando el reflejo de la reina de la noche apenas ilumina la princesa vierte una lágrima en recuerdo de su amado verdugo y le desea de todo corazón suerte allá donde se encuentre.





1 Ha dicho que...:
MUCHAS GRACIAS GEMMA
MARTIN ESTA MEJORANDO, ES MAS YA ESTA MEJOR QUE YO QUE ME CONTAGIE JAJJAJAJAJ YA ESTA BIEN !!♥
MUCHAS GRACIAS POR TU CARIÑO Y TUS PALABRAS, SABES QUE LINDO ES RECIBIR TODO ESTE CARIÑO SINCERO DE TANTA GENTE MARAVILLOSA
QUE TENGAS UN HERMOSO FIN DE AÑO Y UN RADIANTE COMIENZO ♥
MIL BESOS
KLAU ♥
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